
¿No ves, mi amor, entre el montey aquella sonora fuente,un solitario sepulcrosombreado de cipreses?
¿Y no ves que en torno vuelan,desarmados y dolientes,mil amorcitos, guiadospor el hijo de Citeres?
Pues en paz allí cerradasdescansan ya para siemprelas silenciosas cenizasde dos que se amaron fieles
.Éramos niños nosotroscuando Palemón y Asteriellenaron estas comarcasde sus cariños ardientes.
No hay olmo que, en su corteza,pruebas de su amor no muestre;Palemón, los unos dicen,los otros claman Asterie.
Sus amorosas cancionestodo zagal las aprende;no hay valle do no se canten,ni monte do no resuenen.
Llegó su vejez, y hallolosen paz, y amándose siempre;y amáronse, y expiraron;pero su amor permanece.
¿Te acuerdas, Filis, que un día,simplecillos e inocentes,los oímos requebrarsedetrás de aquellos laureles?
¡Cuántas caricias manabansus labios!
¡Cuántos placeres!¡Cuánta eternidad de amoresjuraba su pecho ardiente!
Al verlos, ¿te acuerdas, Filis,oh, tan preciosas niñecesvolaron, que me dijiste,deshojando unos claveles:yo quiero amar; en creciendo,serás Palemón, yo Asterie,y juraremos, cual ellos,amarnos hasta la muerte?Mi Filis, mi bien, ¿qué esperas?El tiempo de amar es éste;los días rápidos huyen,y la juventud no vuelve.
No tardes; ven al sepulcrodonde los pastores duermeny, a su ejemplo, en él juremosamarnos eternamente.